viernes, 23 de noviembre de 2007

Cuando alguien muere solo se cambia de domicilio.

No esta probado con certeza nada acerca de sí hay o no vida después de la muerte, lo único seguro que tenemos es la incertidumbre, de manera que yo mejor me tomaba la libertad de creer cuando era un niño que solamente las personas de alguna forma misteriosa se cambiaban de lugar a vivir a algún punto muy lejano y sin conservar ninguna memoria de su anterior vida. Podías ir a lugares como este y esperar que estuviera ahí…



Y visitar uno y uno más esperando encontrar entre la multitud a una persona errante, como inadaptada a su entorno, con la esperanza de que al verla a los ojos te reconociera como parte de su vida. Pero eso no sucederá y eso me generaba angustia por saber cuando será ese día en que se tenga que ir. Esa angustia de saber que las cosas buenas no serán para siempre.
La incertidumbre y la angustia que producía la muerte en mi desde niño era tal que solo podía negar el hecho con fantasías locas y esperar que su memoria algún día volviera a ese ser querido que murió y regresara al lugar donde pertenece.

Lo curioso es que cuando alguien se aleja a vivir a otro lugar pasa algo similar, es como si muriera en vida, se lleva sus recuerdos sí, pero se aleja de tu vida y así es como lo olvidamos.

Y así es como yo fui aprendiendo a aceptar lo normal, lo inevitable. Ideas que te ayudan a vivir pero al mismo tiempo te quitan la razón para hacerlo, pierdes el sentido de angustia, de asombro y se encasilla uno en lo cotidiano y determinista. Y como he observado generalmente las actitudes te predisponen a las ideas y aceptas aquellas que son afines. Aprendiendo a vivir y aceptar la muerte te vuelves manso. Que triste.

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